jueves, 22 de diciembre de 2011

Vapor y óxido

Justo antes de expulsar una densa nube de humo negro como el carbón, la gran tubería que ocupaba la esquina norte del almacén desde el suelo hasta el techo silbó ruidosamente, y, aunque Carlos estaba más que acostumbrado a aquel sonido, no pudo evitar despertarse.

Abrió el ojo izquierdo y le molestó el parpadeo del tubo fluorescente que había encima de él. Por otra parte, la colchoneta que habían colocado sobre la mesa de metal aún estaba sucia y olía mal, y era tan fina e incómoda que no sintió ningún deseo de seguir acostado, así que bajó de un salto y arrastró los pies hasta la esquina en la que hacía sus necesidades.

Teniendo en cuenta la amplitud de la nave, a cualquier extraño le habría llamado la atención que sólo hubiese dos zonas iluminadas: la mesa en la que dormía Carlos y la esquina norte donde se encontraba la gran tubería. Todo lo demás permanecía siempre en las tinieblas. Y puesto que, durante sus ocho años de vida, Carlos sólo había conocido aquella luz y aquellas tinieblas, todo lo que le resultaba familiar se encontraba bajo los fluorescentes y todo lo que temía se ocultaba en las sombras. Por eso tenía más miedos que momentos de calma.

En estas sombras, cerca de él, había un constante goteo de agua que caía desde el techo. Había empezado hacía dos noches y no olvidaba el extraño ruido que había oído justo después de la primera gota. El ruido de un mecanismo, una máquina, algo que se desplazaba entre las cajas de madera. Le recordaba al del pequeño coche teledirigido que le habían regalado en su último cumpleaños, sólo que mucho más fuerte. Y desde luego, fuera lo que fuera, se movía mucho más rápido.

Había pasado toda la noche en vela, temblando de pies a cabeza, mientras aquella máquina, aquel robot o lo que fuera, se movía a sus anchas por aquel mundo que él consideraba prohibido y peligroso. Le daba miedo oírlo sin verlo, pero le daba más miedo aún pensar que en cualquier momento podría salir a la luz. Sólo cuando, poco antes de amanecer, la nave quedó en silencio excepto por la gotera, Carlos, vencido por el sueño y las emociones, se fue tranquilizando lentamente y se avergonzó de sí mismo por haber mojado la colchoneta.

Ahora oyó un ruido muy diferente: el motor del ascensor.

¿Ya habían pasado tres días?

Abrió la puerta del trastero y se metió dentro. A los pocos segundos salió alguien del ascensor. Como cada vez, trató de ver a través de la rejilla, pero, aparte de unas botas negras y una mano que ponía un plato de hierro y una jarra de agua en el suelo, no vio nada más. El hombre (porque sabía a ciencia cierta que era un hombre), se acercó a la puerta y tocó con los nudillos. Mientras se alejaba, Carlos contó mentalmente hasta veinte y esperó a oír de nuevo el motor del ascensor antes de salir del cuarto.

¡No lo podía creer! ¡Hoy le habían traído comida! Y, definitivamente, no habían pasado aún los tres días. Quizá dos, como mucho. Pero ¿qué podía saber él, si nunca había visto la luz del Sol? Y, sin embargo, entre toda aquella alegría había algo... Había preguntas. Preguntas que cada vez más a menudo se hacían un hueco entre sus pensamientos y lo inquietaban. Preguntas como qué apariencia tenía el hombre que le llevaba comida dos o tres veces por semana. O qué era el ruido que había oído la noche anterior entre las cajas. O por qué las tuberías hacían tanto ruido. O qué había al otro lado de las enormes paredes de aquella nave y si le estaba vedado saberlo, y, si era así, ¿era por su propio bien?...

David contra Goliat

Marisol García y Manuel Galiana

Quiero dar a conocer este libro.

En 1998, Marisol García es víctima de un erróneo tratamiento por parte de un fisioterapeuta del Real Madrid. Esto causa a Marisol una incapacidad permanente absoluta para todo tipo de trabajo, una minusvalía del 77% y el inicio de una larga andadura procesal en la que toda la maquinaria jurídica del Real Madrid intenta defender lo indefendible: un fisioterapeuta que no está colegiado en 1998, olvidos y negaciones ocurridos en el proceso de hechos que anteriormente ya han sido probados, apariciones de testigos que cometen perjurio, recusaciones extrañas de jueces honestos que deciden no favorecer al Real Madrid... y cuando Marisol resuelve, después de nueve años, sacar su historia a la luz, recibe una querella criminal por parte del propio fisioterapeuta.

Sin embargo, entre tantas injusticias, por encima de toda la maldad, prevalece el espíritu inquebrantable de una mujer que no pierde ni su sonrisa, ni las ganas de luchar, a pesar de verse arruinada, incapacitada y olvidada... pero nunca por sus amigos, como lo demuestra en el libro las dedicatorias de apoyo de Mª Dolores Pradera, de Tamara Rojo, de Irene Villa... así como la portada, diseñada especialmente por Gallego y Rey.

Tal y como asegura Antonio D. Olano en el prólogo, «la historia, enredada como un argumento policíaco de los grandes maestros de género, se va exponiendo, literaria y documentalmente, a medida que nos adentramos en estas páginas redactadas por Manuel Galiana, al que ella se lo relató».

Esta obra puede ser un perfecto regalo navideño para aquellos que disfruten con la lectura de un buen libro que cumple, además, una función de denuncia y un intento de hacer a las personas más precavidas ante sucesos como este.

Pueden adquirir este libro en la Casa del Libro y en FNAC. Si quisieran más información, pueden contactar con los autores en el e-mail: marisoldavidcontragoliat@gmail.com.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Diciembre (días raros)

Días extraños, cuadriculados, milimétricos. Cada persona en su lugar en cada momento. Cada cosa en su sitio exacto. El plan se sigue cuidadosamente.

Diciembre, el mes de los adornos horrendos, de los cantantes fracasados y sus versiones repugnantes de villancicos aún más repugnantes.

Diciembre, el mes en que todo el mundo se quiere, el nazi abraza al judío y el judío al árabe. Buenos sentimientos, buenos deseos, ojalá el próximo año te trate bien, yo siempre te he querido, siempre rezo por ti y por tus muertos. Y un eterno etcétera.

Felicidades. Por qué. Y yo qué sé, felicidades porque es diciembre, porque hace viento, porque han dicho en la tele que en realidad la gente no es tan hija de puta. Porque en algunos países la familia entera se reúne para hacer un gigantesco muñeco de nieve con sombrero de copa, y un tipo se cuela por tu chimenea en plena noche.

La mañana de Navidad la policía cuenta los muertos.

Días raros. Las calles contaminadas de carteles que pretenden dar sensación de normalidad. Ven y haz tus compras en tal sitio. Y una foto con algunas personas cargadas con mil bolsas y una sonrisa de oreja a oreja. Ridículo.

Tienen la delicadeza de omitir, eso sí, al niño pijo del chándal o del Lacoste con su navaja resplandeciente y sin la habilidad suficiente como para ponerse bien la puta gorra. «Observa las figuritas humanas con verdadera complacencia.» No recuerdo quién lo dijo.

Sobre las calles se colocan adornos. Sobre las aceras sólo hay mierda de perro. Y una mujer gorda como un tonel, con un pañuelo en la cabeza, se te acerca con la mano extendida y te dice Por amor de Dios, una moneda para comer, tengo tantos hijos como meses tiene un año. Y todos están enfermos o locos.

Pero qué bonitas son las ciudades llenas de luces. Son las más oscuras. Lo sórdido es más sórdido cuando se pretende embellecer. Y a su modo es hermoso, desde luego, como lo son todas las cosas sórdidas, sólo que de una forma diferente.


Son días, en fin, de viento. Días extraños, con el aire transportando el olor de la gente y el murmullo de lo absurdo.

lunes, 12 de diciembre de 2011

El desencanto

Rick se encogió de hombros y dirigió la vista al horizonte. Permaneció en silencio, con la mirada perdida, más de medio minuto, como haciéndose el loco, como esperando que la pregunta se fuera. Pero la pregunta seguía ahí, aguardando pacientemente. Seguía en los labios de Johanna. En el cenicero humeante sobre la mesa de cristal. En las dos botellas de cerveza vacías. En los pies de Rick sobre la alfombra manchada de vino. Y, por mucho que quisiera negarlo, haciendo eco en sus oídos.

Qué es el desencanto.

Era una buena pregunta, desde luego, o eso le parecía. Tal vez no lo hubiese sido viniendo de cualquier mocoso de pajarita con aires de intelectual, o de cualquier periodista con aspiraciones literarias o poéticas, pero sí lo era viniendo de Johanna. Había algo en ella, todo el mundo lo decía. Algo que, entre otras cosas, te daba la certeza de que aquella pregunta le había salido de lo más profundo, y que, por tanto, igual de profundo era su significado. No había preguntado qué era estar decepcionado, ni triste, ni irritable, ni qué significaba para él levantarse un día sin ideas en la cabeza, sin nada que llevar al papel, sin fuerzas para golpear las teclas de la máquina de escribir. No, aquello no era desencanto, no se le podía llamar así. Aquello podía ser hastío, cansancio, aburrimiento... pero no desencanto.

Dio una calada. Johanna soltó un suspiro de impaciencia y apagó su colilla en el cenicero. Le habían hablado de Rick. De Rick y de sus silencios. Silencios largos, largos como desiertos, que muchas veces no llegaban a ninguna parte. Si Rick callaba no era necesariamente porque buscase una respuesta a tu pregunta. A veces Rick callaba porque le aburrías o porque deseaba que le dejaras en paz. O las dos cosas. Pero no te lo decía, tenías que ser lo bastante sutil para entenderlo. Se callaba, dejaba la mirada perdida y tú cogías tus cosas y te ibas. Y lo dejabas en paz.

Así era Rick.

Johanna cerró su cuaderno y metió el bolígrafo entre las anillas, se levantó y se colgó el bolso al hombro. El desencanto, dijo para sí. Qué estúpida. Cerró la puerta del apartamento y bajó corriendo por las escaleras, sintiéndose ridícula, preguntándose cómo demonios iba a rellenar tres columnas a letra pequeña con un silencio.

La calle estaba desierta. La luz de las farolas se reflejaba en la acera, pero había dejado de llover. Era una noche agradable, sin viento. Aun así, se abrochó el abrigo y se dirigió a paso rápido hacia la boca de metro. Pasó por delante de un furgón al que le había saltado la alarma y esquivó al hombre que salía corriendo de la panadería de la esquina. Cruzó la calle y bajó los escalones en los que había sentada una anciana con la mano extendida.

En el parabrisas del furgón cayó la primera gota de sangre. Después esta gota se convirtió en un pequeño reguero y comenzó a descender a través del cristal. Johanna entró en el vestíbulo de la estación y subió el volumen de la música. Por eso no supo que había empezado a llover de nuevo. Ni que la lluvia se teñía de rojo sobre el techo de un furgón a pocos metros de allí. Ni que al lado de ese furgón había un hombre con las manos cubiertas de harina gritando por el móvil que enviaran una ambulancia. Johanna no supo nada de eso, ni supo hasta el día siguiente lo que había pasado por la cabeza de Rick durante su silencio, mientras miraba el horizonte y pensaba en aquella pregunta. No, el desencanto no era tristeza, ni depresión, ni ansiedad. No era frustración, ni melancolía, ni irritabilidad, ni cansancio, ni hastío ni aburrimiento. No. El desencanto no era ni siquiera un sentimiento humano.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Ojalá me quieras libre

Por mucho que siempre diga de este país sórdido, oscuro y de derechas, hay dos cosas que afortunadamente no han muerto: la poesía y la buena música. Algo por lo que brindar cien veces.

Qué bien te sienta la tarde
con lo que ha llegado hoy a nuestro jardín de mármol,
de líquenes buscando limoneros con aullidos milenarios,
han venido picarazas
a peinar con su canción el cabello sonrojado
y mustio del crepúsculo caído donde mora el desencanto,
todas las horas jadean
si el ocaso no se está en tus ojos desangrando
y los párpados bostezan y enmudecen como mirlos desolados.

Sola queda la cañada
y embriagados los infiernos de mi olor,
y será fiero el futuro que castigue,
que descubra en ceniceros lo que no te dije.

Voy a desligar las tibias de este diábolo sombrío
que hay veces que no se acuerda
de que sigo siendo un niño,
y sé que no habrá sedales cuando te hiera mi ausencia,
ojalá me quieras libre, ojalá me quieras...

Acuérdate del tragasables que tus lunas derritió
con su forja miserable,
apiádate de los zarzales que tan huérfanos dejó
junto a humeantes panales.

Voy a desligar las tibias de este diábolo sombrío
que hay veces que no se acuerda
de que sigo siendo un niño,
y sé que no habrá sedales cuando te hiera mi ausencia,
ojalá me quieras libre, ojalá me quieras,
yo te querré deshecho, te querré en la roca viva,
te querré en todos los versos
que no quieran tus pupilas,
yo te querré en la acequia, te querré en la cumbre fría,
te querré cuando el fantasma de tu voz venga a por mí.

Marea - Ojalá me quieras libre

viernes, 9 de diciembre de 2011

Carroñeros

Ya no quedaba nadie a mi alrededor cuando me senté al borde de la cama y, mirando a través de la ventana que daba al monte cubierto de nieve, di un suspiro, no recuerdo si de cansancio o de alivio, y me levanté. Hacía, eso sí lo recuerdo, un frío de mil demonios. Me dirigí, como es natural, a la cocina, sin esperar encontrar a nadie allí. La mesa, debo decirlo, era de segunda mano, muy antigua, y la pintura se había saltado en su mayoría. La tela de las sillas estaba rota y, si en su momento era de color blanco, ahora no se distinguía en ellas color más claro que el beige. Pero era mi hogar, al fin y al cabo, y supongo que me sentía bien en él.

Ellos estaban allí. Mis amigos. Armand, Clément, Luka y Maël. Habían ocupado las sillas en torno a la mesa y conversaban animadamente. Les dije: Hola, me alegra que sigan aquí, pensé que se habían ido, yo ya me siento mejor y creo que voy a comer algo. Ellos no me miraron ni dejaron de conversar un solo momento. Habían dispuesto sobre la mesa algunas cervezas y mi última botella de licor, y se servían a cada instante, de modo que en aquel momento estaba a punto de acabarse. Siempre he sido hospitalario con mis invitados, pero aquello me parecía un abuso, y les grité: ¡Eh!, me parece muy grosero por su parte acabar con mis reservas de alcohol, señores. Al menos dejen que me sirva yo también, porque en este momento necesito beber, y bien saben ustedes que no es un lujo que me pueda permitir todos los días. Así, hoy brindaré por ustedes y nos emborracharemos juntos, ¿les parece a ustedes bien? Armand, amigo mío, pásame la botella.

Pero nadie se movió. Entonces oí mi nombre. Recuerdo perfectamente que fue Maël quien lo pronunció. Maël, con su pelo grasiento pegado a la cara, sus manos sucias y su sonrisa amarillenta. Mordisqueaba un trozo de queso reseco. Dijo que, sin la menor duda, lo mejor de mí era mi despensa, y que ésta sólo contenía pan duro y licor rancio, así que siempre obligaba a mis visitas a traer algo de comida y alcohol si querían ser recibidas. Esto, por supuesto, era falso de todo punto, pero provocó algunas risotadas y una sincera expresión de asombro en la cara de Clément. Durante unos segundos no supe qué decir, pero entonces me envalentoné y, acercándome a grandes pasos a la silla en la que se sentaba Maël, le recordé vivamente que en mi casa siempre había sido bien recibido y que, aunque era cierto que yo nunca había sido una persona de recursos y que tenía la mala costumbre de gastar mis pocas monedas en alcohol, jamás me había rebajado a pedirle comida ni bebida a cambio de abrirle la puerta de mi casa.

Armand dijo entonces que yo era un alcohólico y que, si no había que respetarme, sí había que sentir al menos un poco de lástima por mí; especialmente, continuó, ellos cuatro, que habían sabido conducir su vida por caminos más rectos y no habían sufrido tanto como yo, que sin duda no había sido feliz más que a través del cristal de una botella. Me sentí tan insultado que grité: ¡Basta! ¡Basta! ¡Fuera de mi casa!, y golpeé la mesa de tal forma que las botellas cayeron rodando al suelo y se rompieron en mil pedazos. Todos se miraron asustados y salieron enseguida de mi apartamento. Me quedé en silencio. Lamentando haber perdido mi botella de licor, me dirigí al armario donde guardaba la escoba, pero me sentía cansado y en el último momento decidí ir a acostarme.

Había una persona entre mis sábanas. No la reconocí en un primer momento, ni tampoco la reconocí después, cuando me acerqué algunos pasos e incluso me coloqué al lado mismo de la cama. O tal vez lo que ocurrió fue que no quise hacerlo, pero después de varios minutos entendí que no podía negarlo. Volví a sentarme al borde de la cama y volví a mirar el monte cubierto de nieve. Volví a suspirar y permanecí en aquella posición cerca de media hora. Entonces me cubrí la cara con las manos y la realidad me golpeó como un mazo. Aquel rostro sobre mi almohada, amarillento y desfigurado por el dolor, se había clavado en mis retinas, y con los ojos cerrados volvía a mí como un viejo recuerdo, como algo que en realidad podría no haber ocurrido jamás.

Pero había ocurrido. Comprendí que aquella tarde había muerto, y que no tenía ningún derecho a negar una evidencia como ésa.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Citas: Crimen y castigo

-Yo lo siento de veras, ¿creen que no lo siento? Cuanto más bebo, más sufro. Por eso, para sentir más, para sufrir más, me entrego a la bebida. Yo bebo para sufrir más profundamente.

-Marmeladov

De pronto se inclinó, bajó la cabeza hasta el suelo y le besó los pies. Sonia retrocedió horrorizada, como si tuviera ante sí a un loco. Y en verdad un loco parecía Raskolnikov.
-¿Qué hace usted? -balbuceó.
Se había puesto pálida y sentía en el corazón una presión dolorosa.
Él se puso en pie.
-No me he arrodillado ante ti, sino ante todo el dolor humano -dijo en un tono extraño.

-Diálogo entre Raskolnikov y Sonia

Ya no pudo seguir leyendo. Cerró el libro y se levantó.
-No hay nada más sobre la resurrección de Lázaro.
Dijo esto gravemente y en voz baja. Luego se separó de la mesa y se detuvo. Permanecía inmóvil y no se atrevía a mirar a Raskolnikov. Seguía temblando febrilmente. El cabo de la vela estaba a punto de consumirse en el torcido candelero y expandía una luz mortecina por aquella mísera habitación donde un asesino y una prostituta se habían unido para leer el Libro Eterno.

-Lectura de Sonia

martes, 29 de noviembre de 2011

El cobarde

-¡Fracasado! ¡Yo! -Thomas Berg me miró de arriba abajo de una forma que me hizo comprender que, aunque sabía que en el fondo tenía razón y estaba de acuerdo conmigo, o quizá precisamente por ello, se sentía profundamente herido.

Guardé silencio y ambos bebimos.

Después lo observé de reojo por espacio de un minuto mientras él parecía concentrar todas sus energías en vaciar una jarra tras otra, para asombro del camarero y de los que nos encontrábamos a su alrededor. En este punto tengo que confesar que ni antes ni después vi jamás nada semejante: en su lugar, cualquier hombre de constitución normal habría perdido el conocimiento mucho antes, pero él seguía en pie e incluso parecía muy dueño de sí mismo.

Puso de un manotazo algunas monedas sobre la barra y vi que llevaba las uñas muy sucias. Todo él se había descuidado, y, a juzgar por su pelo grasiento, su barba desigual y su chaqueta sucia y ajada, calculé que debía de llevar al menos una semana en ese estado. Sentí algo parecido a la lástima, pero nada me empujó a tratar de ayudarle. Le admiraba, o le había admirado, con ese entusiasmo infantil que sienten los jóvenes por alguien a quien consideran una inteligencia superior o un ser casi sobrehumano. Y, naturalmente, la decepción que sufrí la noche que me fue presentado guardaba proporción con mis expectativas.

Había leído todos sus libros cinco o seis veces y había escrito cuentos imitando su estilo. Tenía varias ediciones en cartoné de su primera novela y conservaba cuidadosamente los números de la revista en la que había aparecido por entregas. Su forma de escribir me había seducido casi desde la primera palabra, y durante años me obsesionaba la idea de tomar una copa con él. Beber y hablar frente a frente, de escritor a aficionado, de maestro a discípulo.

Y allí estaba al fin, sólo que uno al lado del otro, sin mirarnos. Bebiendo, sí, pero sin hablar, porque él prefería emborracharse. No mencionó sus libros ni hizo comentario alguno sobre literatura. No le vi, de hecho, interesado en lo más mínimo en hablar del tema. Y yo le había llamado fracasado. -¿Fracasado? Escucha bien, muchacho, nadie escribe bien con los pies fríos, y el alcohol me ayuda a calentarlos, ¿entiendes? -Pronunciaba cada palabra con una lentitud calculada, como si se estuviera dirigiendo a un niño tonto. -¡Maldito ignorante! ¿Te llamas escritor? ¡Ja!... ¡Fracasado! ¡Yo!

Deslicé dos monedas de cobre hacia el camarero, me puse el chaleco y la chaqueta y salí sin despedirme de nadie. Oí algunas risas detrás de mí, pero no les di importancia. Al fin y al cabo, pensé, de algo tienen que reírse: todo el mundo sabe que no hay comedia en la vida de un escritor venido a menos.

jueves, 24 de noviembre de 2011

Krankheit

No autobiográfico. Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad.

Te sientes enfermo. No sabes exactamente de qué, pero lo estás, hace tiempo que lo notas. Te traiciona la mente, se pudre entre fantasmas y monstruos y tú no puedes hacer nada para evitarlo. Las voces y el ruido te acosan, te quieren volver loco, se hacen dueñas de tu cabeza y te roban el aliento. Poco a poco te conviertes en tu peor enemigo. Te consumes mientras te preguntas cómo acabar con la pesadilla, cómo escapar, pero no ves el camino. Cierras los ojos, prestas atención a esos fantasmas. Los estudias uno a uno, te provocan náuseas. Tu estómago no está preparado para eso. Quieres vomitar. Sólo respiras cada vez que entre los monstruos te parece ver la débil luz de un cabo de vela. Allí, en medio de la oscuridad, sobreviviendo pese a todo. Arrojando algo de luz al camino. Guiándote.

Querrías creer en un dios. Creer que está contigo, que te dice que todo está bien, que no te preocupes, que eres más fuerte que las voces. Pero es difícil creer. Te preguntas si aquellos que ya se fueron siguen contigo de alguna forma, dándote fuerza. Imagino, te dices, que en cierto modo siempre te acompañan las personas a las que querías. Tal vez no haya una vida después de la vida, pero el recuerdo es una forma de volver a estar con ellas. Sientes que te acompañan en los momentos difíciles, aunque no los veas, aunque no te hablen, aunque ya no existan. Por momentos sientes que podrías con todo. Pero la esperanza es frágil.

Vomitas y después bebes. Bebes cada vez más. Y entonces... los fantasmas se alejan otra noche. Te permiten dormir. Tu estómago se calma, te sientes algo mejor. El cabo de vela emite una luz más intensa y no temes el momento en que los fantasmas vuelvan. Supongo que eso es a lo que llaman Dios, te dices. Al cabo de vela en medio de la oscuridad. A las voces que se apagan. A los fantasmas que se alejan. Hay personas cerca de ti. Tienes familia, amigos y una chica que te quiere. Una chica maravillosa.

Supongo, insistes, que a eso se refieren... que a esa calma momentánea del espíritu es a lo que llaman Dios.

lunes, 21 de noviembre de 2011

16

El gato salta al sofá, da una vuelta sobre el cojín y finalmente se acuesta de lado. Durante un rato me mira fijamente con sus enormes ojos amarillos: Bueno, ¿y quién eres tú?, parece preguntar, pero ya nos conocemos desde hace algún tiempo, casi dos años y medio, de modo que me limito a acercarle la mano al hocico y él me olisquea hasta que parece decir: ¡Ah, sí!, y dándose por satisfecho adopta la postura más extraña que podría encontrar y se pone a dormir.
Yo vuelvo a mi libro. Llevaba tiempo con ganas de leer Crimen y castigo, y como en los últimos meses he conseguido reducir a tres o cuatro la enorme cola de libros en papel que se amontonaban sobre mi escritorio, -unos pocos buenos, la mayoría nefastos-, durante unos días me he centrado exclusivamente en el formato digital. He leído La historia interminable, Tarántula y un relato de Turguéniev, y ahora que ya me he metido en la carpeta de Zola dispuesto a empezar Germinal, vuelvo a la carpeta de autores rusos y abro Crimen y castigo. A pesar de lo difícil que es que un libro me atrape, Dostoievski lo consigue desde el principio sin ninguna dificultad. Es ameno, incluso podría parecer inocente, pero a la vez muy oscuro y sórdido, como corresponde a algunos autores rusos, y profundo y complejo, como corresponde a la novela psicológica; matizo: la novela psicológica bien escrita, no la contemporánea.
Al otro lado de la ventana, si se mira en determinadas direcciones, especialmente a los árboles, se ve una lluvia fina pero incesante, vertical, y en la calle algunas personas caminan con rapidez bajo sus paraguas. Tenía una necesidad acuciante de ver llover. Me agobia el sol los trescientos sesenta y cinco días del año. A mucha gente le entristece la lluvia, de forma que no sale a pasear, y si sale lo hace casi en silencio, de mal humor y sin prestar atención a nada ni nadie, lo que la hace mucho más soportable.
Cenemos fuera, conozco un lugar... Buena comida, mejor bebida. No se concibe el sueño sin cerveza. La luz, sin embargo, es demasiado fuerte.
El último día, el parque está prácticamente vacío. En el estanque duermen los patos y nosotros pasamos al lado pisando las hojas muertas de los arces. No me hago a la idea, imagino que es normal. En algunos lugares el otoño son hojas rojas y días lluviosos, en otros es más bien un estado de ánimo. El tiempo corre, las preguntas se acumulan. Con quién, eso está claro, podemos descartarla. Qué, la eterna pregunta, la constante tortura. Porque habiendo un destino puede haber una hoja de ruta, pero sin esto no hay nada. Dónde. Digamos aquí, pero digámoslo sólo de momento. España no es lugar para vivir. Vámonos, vamos lejos, hacia el Nordeste, me da igual, tú eliges.
Las manos se queman antes de que el tiempo diga la última palabra. No me hago a la idea. Sólo las luces de la pista me devuelven a la realidad. Dostoievski... no, ahora no. Es el momento sagrado del despegue, a pesar de todo. Bien, supongo que así es. Aeropuertos, despedidas, ansiedad, cerveza, literatura rusa y otoños en los que no llueve tras las ventanas. Otra pregunta, Cuándo. No lo sé... ojalá lo supiera.

domingo, 30 de octubre de 2011

El baobab

Aún no había amanecido, pero dos niños salieron corriendo de la cabaña de T'zama y entraron en la gran plaza. Uno de ellos señaló hacia arriba y dijo con satisfacción: -¿Lo ves?, allá, en la rama más alta.

El otro niño lo vio, efectivamente, pero era demasiado pequeño para comprender lo que significaba.

***

El corazón de la aldea era un enorme baobab de ramas retorcidas y secas. Alrededor, dispuestas a una respetuosa distancia, se encontraban las cabañas según la posición social de cada familia. Así, las más cercanas al árbol, delimitando en un círculo perfecto el área de la plaza de reuniones, eran las de los once Sabios que formaban el Consejo: ancianos demacrados y en muchos casos enfermos, a los que el simple hecho de salir de sus cabañas y sentarse alrededor del Gran Fuego les suponía un considerable esfuerzo. Detrás se encontraban las de los once Grandes Cazadores y sus familias, tiendas mucho más amplias en las que dos adultos y dos niños podían vivir cómodamente. En otro círculo se encontraban las tiendas del resto de los cazadores y, finalmente, en un semicírculo bastante más alejado del baobab, las de los recolectores.

Aquella noche se celebraba el nacimiento del hijo de T'ul, uno de los once Grandes Cazadores, de modo que toda la aldea se había reunido en la plaza y, como de costumbre, se habían encendido cuatro fuegos. De ellos, el Gran Fuego era el que se encontraba a once pasos al Este del árbol. Por primera vez, a T'ul le fue concedido sentarse con los Sabios y compartir su cena: un pequeño jabalí que él mismo había cazado aquella mañana.

-¿Cómo está tu mujer? -preguntó Na'man. Era un hombre pequeño, de mirada amable y aspecto enfermo.
-Está agotada. Sus hermanas la están cuidando, intentando que le baje la fiebre.
-¿No han funcionado las hierbas de Na'em? -preguntó Na'mir, el Sabio más joven del Consejo, de mirada grave y severa.
-Me temo que no.

Todos excepto T'ul miraron interrogantes a Na'em, que tenía a su vez los ojos fijos en el Gran Fuego y parecía formularle en silencio la pregunta que todos le formulaban a él. Pero ni siquiera el Gran Fuego parecía tener la respuesta. En aquel momento no parecía tener más utilidad que la de tostar la piel del jabalí. Na'em pensó esto con rabia y arrojó un puñado de tierra al Gran Fuego, que estuvo a punto de apagarse. Los Sabios lo miraron con temor. No sentían miedo de él, sino por él. Nadie había ofendido nunca al Gran Fuego y no sabían lo que podía ocurrir.

Na'em se levantó y se metió en su cabaña. Los otros diez Sabios y T'ul se quedaron allí en silencio, sin atreverse a mirar al Gran Fuego. A los Sabios les invadían los pensamientos más oscuros. Sabían que ocurriría algo terrible, pero aún no sabían qué. Los pensamientos de T'ul, sin embargo, discurrían por un camino muy distinto. Ahora que se había marchado Na'em, se imaginó como un miembro del Consejo, el miembro más joven que hubiese formado nunca parte de él, incluso más que Na'mir. Se imaginó lo orgulloso que estaría de él su hijo cuando creciese y alcanzase la edad de comprender lo que significaba que su padre formase parte del Consejo, que fuese uno de los once Sabios, una de las personas más respetadas de la aldea.

Miró al Gran Fuego. Éste brilló en sus ojos, primero amarillo y rojo y después, poco a poco, con un color cada vez más azulado. Si entró en trance o estaba teniendo una revelación, lo cual era ridículo tratándose de un simple cazador, los Sabios ni siquiera lo llegaron a sospechar. Se limitaron a levantarse haciendo muecas de dolor e, ignorando a T'ul, se dirigió cada uno a su cabaña. En otras circunstancias, habrían apagado el fuego entre todos y habrían castigado a T'ul si no se hubiese levantado antes que ellos, pero había sido una noche extraña y los ancianos se sentían tan pequeños por el miedo que ni siquiera se atrevían a hacerse valer.

T'ul esperó a que los otros tres fuegos se hubiesen apagado y todo el mundo se hubiese retirado. Entonces se levantó, cegado por haber mirado tanto tiempo la luz del Gran Fuego y con el incómodo brillo azul ardiendo en sus retinas, se acercó al lugar donde había estado sentado Na'em, tomó una pequeña ramita de baobab que había cerca de él y dibujó un extraño símbolo en el suelo, un círculo alrededor de las huellas de los pies de Na'em, luego otro círculo más pequeño en el centro y una raya que cruzaba el dibujo de parte a parte. Arrojó la ramita al fuego, cogió un puñado de tierra donde había dibujado el símbolo y lo arrojó también. Se quedó casi a oscuras, bajo la luz de las estrellas y la Luna llena. Solo en la plaza. T'ul el cazador, T'ul, uno de los Once. Se quedó quieto un momento frente a las brasas, saboreando aquel pensamiento y deseando con todas sus fuerzas formar parte del Consejo.

Se dirigió a su cabaña y encontró a su mujer dormida junto a su hijo. Le tocó la frente. Parecía estar algo mejor. Se acostó junto a ella y trató de dormir, pero aquella noche le costó mucho conciliar el sueño.

Poco antes de amanecer oyó las voces de unos niños. Asomó la cabeza y los vio salir corriendo de la cabaña de T'zama. Entraron en la gran plaza y uno de ellos señaló hacia arriba: -¿Lo ves?, allá, en la rama más alta.

Los ojos de T'ul siguieron la dirección del enjuto brazo y se detuvieron en una de las últimas ramas del baobab. Tenía el grosor de un dedo, el mismo grosor que la rama que había usado la noche anterior para hacer aquel dibujo sobre el suelo. Fina y débil. Desde luego, demasiado débil para sostener el peso de un hombre.

Y sin embargo, no pudo negar lo que vio. La rama salía del pecho de Na'em. Su sangre le cubría todo el vientre y las piernas y goteaba hacia las ramas inferiores, que se encontraban a bastante distancia. Na'em movía levemente los brazos y las piernas. No gritaba, pero en la expresión de su cara se leía que luchaba por hacerlo. Sus ojos, abiertos de una forma extraña, imposible, miraban hacia el Este, y su mandíbula desencajada colgaba de su cara como si nunca hubiese formado parte de ella. T'ul lo miró en silencio durante unos segundos. Después, Na'em simplemente dejó de moverse. Su cabeza no cayó hacia delante. Sólo se quedó quieto, como si de repente se hubiese convertido en piedra.

El sol salió en el horizonte. Los niños corrieron a la cabaña de T'zama. En el pueblo iba a ser un día largo: había que designar a un Sabio.

domingo, 16 de octubre de 2011

Hablando de Nacho Vegas

Las dos o tres personas que frecuentan mi blog y que se interesan por lo que cuento, sin duda deben haber notado que suelo citar al gran Nacho Vegas o enlazar algún vídeo suyo. El otro día alguien incluso me dijo que notaba influencias de sus canciones en las cosas que escribo, y yo, sintiéndome muy halagado, contesté que me daría por satisfecho si escribiese la décima parte de bien que él.
Pero pertenecemos a mundos distintos: él es uno de los mejores poetas de España y yo sólo soy un programador desquiciado y pesimista que pasa la vida entre novelas y escribe minirrelatos para evadirse. Está claro, puedes ser muy buen poeta y un pésimo escritor y viceversa. Y sin embargo tenemos algo en común: a ambos nos gusta despertar algún tipo de emoción en la persona que nos escucha. Y sucede que él lo consigue mucho mejor que yo:

sábado, 15 de octubre de 2011

Felicidad

No soy un humano especialmente inteligente. «Bien», pensarán algunos, «no te preocupes, esto es bastante disculpable: el propio hecho de pertenecer a la especie humana lleva implícito padecer un cierto grado de estupidez, o dicho de otro modo, que lo sufran los que están alrededor, porque la estupidez es la única enfermedad que sólo sufren los que no la padecen». Pero no es a esto a lo que me refiero. Lo que quiero decir es que, dentro de la propia especie humana, soy alguien de una inteligencia bastante normal.
Esto significa, por otra parte, que tampoco soy estúpido: no soy un cani, ni un fanático religioso, ni uno de esos abortos de la prensa del corazón y un larguísimo etcétera, así que tengo la posibilidad de llevar una vida más o menos digna, productiva y de un cierto valor, al menos para mí mismo y para algunas de las personas que me rodean. Eso es más de lo que se puede decir de muchos humanos. Sé pronunciar frases de más de dos palabras, no voy en el coche con Pitbull a todo volumen para que me oigan los vecinos, no se me cae la baba y ocurre que puedo escribir mi nombre y apellidos sin faltas de ortografía, si bien esto último lo debo más a la educación que me dieron mis padres que al hecho de no ser un imbécil. Podríamos decir que pertenezco a la zona central de la campana de Gauss. A ese gran grupo formado por la mayoría de la gente.
Y esto comporta un problema: cualquier persona con una inteligencia superior a la de un pato de goma atraviesa más a menudo de lo que desearía una etapa de mal humor y un marcado pesimismo, en la que la poca paciencia desaparece y uno se vuelve mucho más intransigente y menos dispuesto a pasar por alto lo que cualquier otro día se limita a mirar con una actitud de sana repugnancia (todos tenemos en mente algún ejemplo), o en la que sencillamente no desea hablar ni ser hablado.
Por eso, esta noche, mientras apuraba mi cerveza y el ibuprofeno empezaba a combatir uno de esos dolores de cabeza tan frecuentes en mí, recordé una frase que pronunció Nacho Vegas en alguna entrevista, algo así como: «La gente que es muy feliz es la gente que es muy inconsciente. Ojalá fuese así yo».
Entonces le pregunté, no sé si telepáticamente o de qué manera: ¿De verdad crees que es mejor sacrificar la dignidad a cambio de ser más feliz? ...Y desde ese momento no sé si sentirme maldito o afortunado.

domingo, 9 de octubre de 2011

Perro asustado

Su madre está en casa, dicen que hace vida normal. Regar las plantas, comida para dos, llevar el gato al veterinario cada cierto tiempo. Los días que hace sol, sale a caminar unos minutos. Los días que llueve se sienta en la terraza y se queda quieta durante horas mirando pasar los coches.
Por las tardes tiende en el suelo una almohada y se arrodilla sobre ella, nunca falta a sus oraciones. Pide por sus padres y salud para su marido, una vida larga a los que están y bendiciones para los que ya se fueron.
Después retira la almohada, la deja suavemente sobre el sofá y se vuelve a arrodillar muy despacio sobre el suelo. Siente las articulaciones como trastos viejos, y siempre piensa que le duelen más que ayer. Entonces cruza muy fuerte los dedos de una mano con los de la otra, cierra los ojos y reza en voz alta: Y por favor, que mi hijo esté bien.
Sentada en un viejo sillón mira una foto que tiene más de veinte años. Pelo negro rizado, la nariz recta de su padre, una sonrisa encantadora. Y esos ojos que en cierto modo a ella siempre le parecían tristes. Ojos muy húmedos, como de perro.
Cómo voy a decirle a esa mujer que he visto esos ojos esperando debajo de un semáforo, que miraban de un lado a otro, inquietos, y que brillaban, húmedos como los ojos de un perro asustado, como los de un animal herido. Cómo puedo decirle que es sólo esqueleto y piel, que ya no sonríe, que ya no mira a los ojos, que ya no habla con nadie.
El semáforo cambia a verde y nos cruzamos. Él mira al suelo con las manos en los bolsillos, ajeno al mundo, tal vez para no admitir que me ha reconocido, tal vez porque le avergüenza mirar a sus antiguos amigos, tal vez por rencor por no haber sabido ayudarle en su momento, tal vez porque realmente no me ha visto. Y cuando llego al otro lado me doy la vuelta y lo veo perderse en la primera esquina, y me pregunto cómo puedo decirle a su madre que su hijo ya no es su hijo sino una persona distinta, que no lo busque, que no quiera saber de él, que eso es lo mejor para los dos, que estará bien.
Me pregunto qué duele más, la verdad o la duda.
Y me sorprendo siendo un cobarde, me encojo de hombros y sigo mi camino, preguntándome si me lo volveré a encontrar alguna vez.

miércoles, 5 de octubre de 2011

Ojalá

Una mujer salió del ambulatorio y, apoyada en su bastón, cruzó a toda prisa y sin mirar la Avenida Venezuela mientras el semáforo estaba en rojo para los peatones. Iba diciendo muy seria: «Ojalá, ojalá venga un coche y me lleve. Ojalá».

martes, 4 de octubre de 2011

Reencuentro

Cualquier parecido con la realidad es culpa de la realidad.
Sobre todo me pareció extraño. Ese volver después de tantos años, para qué... para comprobar que todo estaba en su sitio o que a mí no me habían salido canas o... realmente me cuesta entenderlo. Volviste además en el peor día, yo estaba enfermo de gripe o no recuerdo de qué, me había acostado en el sofá en mitad de un artículo, apestando a coñac, sudoroso... lo más antierótico del mundo.
Y cuando abro los ojos te veo ahí sentada frente a mí con esa sonrisa condescendiente de señora a la que le van muy bien las cosas, como si quisieras ayudarme, y yo me pregunto, ayudarme a qué. Si yo hasta ese día vivía tan contento con mis cacharros sucios, mi comida para llevar y mi vino agrio, y ya no me preocupaba de los sueños y cosas por el estilo, porque los sueños están muy bien cuando eres un ingenuo, pero cuando te estás muriendo de hambre y tus macarrones dependen de tu trabajo, ahí los sueños no valen nada.
Total que ahí estabas, y a pesar de que habías cambiado te reconocí al momento. Al fin y al cabo siempre he mantenido la teoría de que eras un producto de mi mente, porque te pongas como te pongas, nadie entra en una casa sin abrir la puerta o las ventanas y sin hacer el mínimo ruido. Y cuando me sonreíste vi que te faltaban algunos dientes, que aquella maravillosa dentadura se había estropeado como la fachada de un edificio viejo, y pensé: qué pena, lo bonitos que eran.
Y recuerdo que hubo algo que me hizo muchísima gracia, y es que lo primero que hiciste fue levantarte y andar hacia mi mesa, donde tenía una docena de hojas desperdigadas, y te pusiste a leerlas. Y lo que vi entonces en tu cara era sin duda decepción, una decepción profunda, como si en ese momento hubieses empezado a entender que a lo mejor las cosas ya no eran como antes.
Después de estudiar mis hojas te dirigiste a mí y me recorriste lentamente de arriba abajo con la mirada, haciendo una pausa en cada arruga, en cada cana, en los nuevos cristales de mis gafas, que me hacen parecer mucho mayor, en la barriga, en la ropa ajada y sucia que años antes había sido un traje aunque nadie apostase por ello... y yo te pregunté: Bueno, ¿y qué esperabas?
Pues claro que cada vez escribo peor, mi cerebro funciona mucho más despacio y me juega malas pasadas, y claro que estoy mucho más feo y más acabado y que las cosas no me van bien, y claro que bebo veneno, porque no tengo dinero para otra cosa, y si vivo rodeado de basura es porque ya no tengo fuerzas para levantarme y recogerlo todo. Pero bueno, ¿qué esperabas? Tú también has cambiado, desde luego ya no eres tan guapa ni tan joven. Ni tan misteriosa.
Pues déjame en paz con mi basura y con mi droga barata, con mi máquina de escribir de hace cuarenta años y mis sueños olvidados. Tú también tienes los tuyos, pero no te preguntaré por ellos, no me interesan, y tampoco me interesa ese último recuerdo en el que antes de desaparecer por última vez me miraste mientras decías por lo bajo: Qué sórdido, qué siniestro.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La dosis

He oído que le ocurrió a una chica de treinta años de Barcelona llamada Nuria. Tenía un problema, no importa de qué tipo, y estaba muy angustiada pensando en los próximos días. Apenas comía, casi no dormía y su humor había cambiado por completo: antes era alegre y extrovertida y últimamente se había vuelto huraña y arisca.
Por prescripción médica acudió una mañana a una farmacia y compró una caja de ese nuevo medicamento que la gente llama Debilitina o "pastilla de la debilidad". Su composición química no la conozco, pero sí me he documentado ampliamente sobre sus efectos: mejora el humor (tiene componentes antidepresivos), disminuye el ritmo cardiaco, causa somnolencia... Por esto último lo llama la gente pastilla de la debilidad, aunque dicen las malas lenguas que ese nombre alude a la debilidad de las personas «que no son capaces de afrontar sus problemas sin recurrir a las drogas». Personalmente no comparto esta opinión, estoy muy a favor de que la industria farmacéutica comercialice medicamentos para combatir situaciones de estrés continuo. Sin embargo, en esta ocasión debo decir que la Debilitina me parece peligrosa y en cierto modo contraproducente.
Funciona de la siguiente manera: después de ingerirse la cápsula con un poco de agua, sus efectos comienzan a notarse en tan sólo diez minutos: la persona empieza a sentirse cansada, sus piernas y brazos no responden como deberían (en el prospecto se indica que la persona debe estar acostada o acostarse inmediatamente después de ingerir el medicamento), el cerebro deja de recapturar serotonina (lo que hace que ésta circule libremente produciendo una sensación de bienestar en la persona), y su característica principal: hace que el paciente se olvide temporalmente de lo que le preocupa, y solamente de eso, con lo que se garantiza su descanso físico y mental.
Desde que la farmacéutica suiza que patentó la fórmula había obtenido luz verde para comercializar el medicamento, la demanda había evolucionado en progresión geométrica, el precio se había disparado y pronto millones de personas (desde adolescentes hasta amas de casa o ejecutivos de grandes empresas) se encontraron bajo los efectos de un producto químico que despertaba recelos pero que cumplía su función: los mantenía tranquilos, despreocupados y felices.
Pero su principal efecto secundario, muy frecuente, no tardó en aparecer: mientras que la Debilitina inhibía aquellas redes neuronales que se activaban con más intensidad durante los momentos de estrés, al pasarse los efectos del medicamento, el paciente recobraba plena conciencia de todo aquello que le preocupaba y le angustiaba, y, más aún, el cerebro contraatacaba con una sensación de angustia extremadamente más intensa que la inicial, como si al interrumpir la actividad de determinadas redes neuronales durante un cierto tiempo, éstas despertasen luego mucho más activas y enérgicas, lo que hacía necesario duplicar las dosis cada cierto tiempo.
Cuando se conoció este efecto y se empezó a aceptar que la probabilidad de ocurrir era ciertamente demasiado elevada (superior al 80%) como para pensar que «ese tipo de cosas nunca ocurren en la práctica», Europa tuvo que enfrentarse a un serio dilema: dar al cuerpo y la mente un descanso frente a la angustia continua y evitar así enfermedades cardiacas y trastornos derivados del estrés, o protegerse de situaciones que indirectamente resultaban mucho más traumáticas (por las reacciones del cerebro) y que, por si fuera poco, conducian a un gasto económico que podía duplicarse mes a mes o incluso semana a semana.
Y a este dilema tuvo que hacer frente la persona de la que me hablaron. Ahora existen algunas asociaciones y miles de charlatanes que afirman poder curar la adicción a la Debilitina «en sólo 42 sesiones, infórmese», pero el precio es demasiado alto, normalmente no baja de los cuarenta mil euros en total, y normalmente la gente no tiene tanto dinero. Por eso muchos se arruinan comprando Debilitina y otros ocupan hospitales psiquiátricos, y los más afortunados simplemente mueren en medio de gravísimas crisis de ansiedad. Lo segundo fue lo que le ocurrió a esta chica, Nuria, creo que se llamaba, o tal vez Isabel, o Raquel. Realmente podría ser cualquiera.

martes, 27 de septiembre de 2011

Que estés bien

Querida X,

Me ha resultado imposible escribirte antes. No es que estuviera especialmente ocupado, sino que no sabía muy bien qué contarte. Mi vida no ha cambiado mucho en los últimos meses, ya lo ves. Sigo con las pizzas. A veces se hace pesado pero no me quejo, aunque, como comprenderás, he aprendido a aborrecerlas. No siempre es fácil, a veces los clientes son desagradables y otras veces tengo que salir cuando llueve. La otra semana derrapé con la moto en un charco y me rompí una pierna. Estuve algunos días ingresado y mi jefe me descontó las tres pizzas y los días que estuve de baja. Me da igual, que se meta el dinero en el culo.

Chico está algo mejor, el veterinario me ha dado para la semana que viene para quitarle los puntos. La gente no debería dejar sueltos a los perros peligrosos. Él, por el contrario, es demasiado bueno. No sé si recuerdas la última vez que viniste a casa, te saltó al regazo y no se despegó de ti en toda la tarde, casi me puse celoso. Ahora anda como tristón y ha perdido el apetito, pero al menos parece que la herida ya no le duele tanto, aunque quién lo sabe sino él.

El otro día escuché de nuevo aquella canción, la tenía tan metida en la cabeza que tuve que buscar el disco por toda la casa y al final lo encontré tirado en el suelo al lado del sofá y debajo de unas botellas de cerveza. La caja estaba rota y la carátula se había mojado, pero el disco se oía bien. Lo estuve escuchando entero una y otra vez durante toda la noche. Es gracioso que algo que para mí ha sido siempre tan importante acabe debajo de un montón de basura. Gracioso por decir algo.

Ahora tengo que volver a mis cosas, supongo que no debo esperar respuesta tuya. Sólo quería decir que te extraño y que espero que te traten bien allá arriba o donde rayos estés. Dudo que nos volvamos a ver, pero escribirte todavía es algo así como un consuelo.

En fin, hasta siempre. Te quiere,

Y.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Citas: Opiniones de un payaso

Hay una bonita palabra: nada. No pienses en nada. Ni en el canciller, ni en los católicos, piensa en el payaso que llora en la bañera, que derrama el café en sus zapatillas.
-
Sí, la Iglesia es rica, tan rica que apesta. En realidad apesta a dinero, como el cadáver de un hombre rico. Los cadáveres de los pobres huelen bien, ¿lo sabía usted?
-
Existen formas de prostitución curiosamente desconocidas, comparadas con las cuales la auténtica prostitución es una profesión honrada: aquí por lo menos se ofrece algo por el dinero.
-
Decididamente, lo lamentable de aquel comandante, o lo que fuese, eran sus medallas. Sin ellas, hubiese tenido aún la posibilidad de mantener una cierta dignidad.
-
Una vez me encontré con Sommerwild después de un debate de ésos ("¿Puede darse un arte sacro moderno?") y me preguntó: «¿Estuve bien? ¿Le gusté?», exactamente, literalmente, lo que preguntan las prostitutas a sus clientes. Sólo faltaba que me dijera: «Recomiéndeme a sus amigos».

Heinrich Böll, Opiniones de un payaso

martes, 30 de agosto de 2011

El monstruo

El monstruo habita en cinco metros cuadrados. Hay en su celda un camastro bajo una ventana, una silla de madera y una mesa vieja que soporta como puede una montaña de papeles, una pluma, un tintero y velas, de las cuales se enciende una a la hora de trabajar.
El monstruo duerme a veces en el alféizar mirando al exterior, y en ocasiones cae y se golpea con la esquina de la mesa. Otras veces enloquece y se pone a correr por la habitación y a chocar con las paredes, y de repente se para y pega la oreja a la puerta. Fuera oye gritos y lamentos y entonces se calma y se acuesta en la cama o en el suelo y se duerme por un rato.
El monstruo a veces vomita y a veces defeca sobre sus papeles y los arrastra por las paredes, y se emborracha con el peor de los venenos hasta perder la noción del tiempo. Después despierta y le duele el pecho y tiene la sensación de que está tumbado sobre arenas movedizas.
Es posible visitarlo pero se esconderá bajo la cama y no querrá sino rebuznar. Se tapará la cara con sus ropas y se pondrá violento si se le intenta tocar. El guardia tirará de la cadena atada a su cuello y él gritará de dolor pero nadie podrá verle ni enseñarle fotografías en blanco y negro.
El monstruo a veces es un caballo y otras veces una rata. Come pan duro con gusanos y habla con los escorpiones y se tapa los oídos con plumas de colibrí.
Y así su vida pasa entre los barrotes como castigo por un crimen del que ya ni siquiera se acuerda.

miércoles, 24 de agosto de 2011

The Hitcher

No voy a contar nada que no revele el trailer de la película.
Se trata del remake que se estrenó en 2007, titulada en España "Carretera al infierno".
Típico thriller: una pareja joven y guapa se va de vacaciones y en Nuevo Méjico recogen a un autoestopista. Mal hecho.
La película es muy entretenida y muy clásica, está llena de "Para qué abres si sabes que está al otro lado", "Yo que tú no haría eso" y "¿En qué carajos estabas pensando?". Es buena opción para un viernes noche: grupo de amigos, pizzas y un par de pelis de ese estilo para pasar el rato.

sábado, 13 de agosto de 2011

A sangre fría

El libro

Voy a hablar de un libro que seguramente la mayoría ya haya leído. Se trata de A sangre fría, considerada la obra más conocida del periodista y escritor estadounidense Truman Capote (1924-1984).

El punto de partida es el asesinato de una familia de Holcomb, Kansas, en 1959 a manos de Perry Smith (arriba) y Richard Hickock. Cuando Truman Capote leyó la noticia, quiso escribir sobre ella, de modo que viajó a Kansas y se entrevistó con amigos de la familia, vecinos, policía... e incluso con los propios asesinos. De estas entrevistas fueron saliendo montañas de hojas que después de convertirían en una de sus grandes novelas.

¿Por qué me impactó tanto el libro? No hay más que dar una vuelta por cualquier librería y sin necesidad de buscar mucho acabas dando de bruces con cientos de novelas negras que comienzan exactamente de la misma forma. Pero como ya he dicho A sangre fría no es una novela. Por eso al pasar cada página o al leer la descripción de cada personaje o de cada escena sabes que esa persona existió -o existe- realmente y que esa escena sucedió exactamente así. Ése es para mí el principal atractivo de la obra.

Aun así uno podría preguntarse qué tiene de especial un asesinato múltiple si basta abrir el periódico cualquier día y encontrar docenas de crímenes (sin contar con los que no aparecen en los periódicos). Los asesinatos son el pan de cada día, es uno de los rasgos que distinguen a los llamados "seres racionales, inteligentes, sensibles y superiores" de las bestias salvajes, como los gatos o los loris lentos. Pero, ironía aparte, un periódico, por su extensión, no puede profundizar en una noticia sobre un asesinato (si consideramos que éstos siguen siendo noticia). Se limitan a decir que un tipo muy macho y muy valiente disparó en la nuca a su mujer mientras ésta dormía. Sólo un libro -uno bien escrito- puede describir con el suficiente detalle el hecho y sus consecuencias a lo largo de los años y trazar un mapa milimétrico de la mente de cada una de las personas involucradas de forma que ni los asesinos ni las víctimas ni los amigos de las víctimas sean personas desconocidas, sino tan reales y tangibles como la última persona a la que estrechaste la mano.

Capote

La película Capote (2005) narra magistralmente el proceso de escritura de A sangre fría y, aparte de una cinta donde Philip Seymour Hoffman hace el papel de su vida, verla es lo mejor que se puede hacer después de leer el libro.

Muy recomendada.

sábado, 6 de agosto de 2011

El célebre señor Kimb

¿No oigo llegar al señor Kimb? ¡Vamos a llamarle entre todos!
Todos declararon que el señor Kimb se había puesto violento.
Es un pequeño pueblo de agricultores en el Estado de Kansas, comienzos de verano. El sol no ha dado tregua desde el amanecer y la tierra se riega con el sudor de los hombres que han estado toda la tarde montando la carpa, un pequeño recinto con capacidad para unas doscientas personas pero lo bastante grande como para que armarlo suponga un esfuerzo considerable.
-¡Pasen y vean...!
No ha empezado la función pero payasos, acróbatas, caballos, elefantes y las estrellas del espectáculo, los freaks, encabezados por el extraño Sr. Mond -un hombre de mediana edad al que una enfermedad desconocida ha deformado la cara por completo- se agrupan fuera de la carpa. Un malabarista ensaya un número clásico con un monociclo y cinco pelotas de tenis, los zancudos se ponen en pie, un trapecista enciende un cigarrillo y los domadores dan golosinas a los elefantes. La función va a dar comienzo.
-¡...el increíble hombre lobo...!
Mientras una jaula tapada con una gran sábana atraviesa las cortinas y entra en la pista, el gran payaso Señor Kimb, el gran favorito, escucha los aplausos de los niños y sus padres y un momento después los gritos de asombro y de terror. Estropea parte de su maquillaje con el cuarto whisky y por un momento sonríe. Recuerda que él también se había sorprendido al ver por primera vez al hombre lobo, un tipo que por aquel entonces tenía veinticinco años y, según se creía, una hormona que no funcionaba del todo bien y que provocaba que todo su cuerpo estuviera cubierto de un pelaje liso y corto de color castaño oscuro.
El célebre señor Kimb no era mucho mayor por aquel entonces, acababa de dejar su amada Ucrania seis meses antes, recién cumplidos los veintiséis, en busca de un futuro que le garantizara «al menos un mendrugo de pan y un plato de sopa todos los días», y en Ucrania había dejado a sus padres y a sus dos mejores amigos, Andrei y su perro Yuk ("Sur", llamado así porque lo encontró un día con su padre vagando por una carretera al sur de Kiev). Ahora han pasado ya treinta años y Kiev se presenta como una pintura surrealista o como un decorado que hubiese visto alguna vez en alguna representación teatral.
-¡...el hombre más gordo del mundo...!
Mr. Egg. Trescientos veinte kilos, tan sólo un infarto cuatro años atrás que lo había tenido postrado tres meses pero no había mermado en lo más mínimo su vocación de sorprender al público. El circo era, según decía, el único lugar del mundo en el que se sentía respetado. Había superado en parte su fobia social y lo atribuía a su papel como «un honrado trotamundos que lleva a los pueblos y las ciudades el color de lo nuevo y lo maravilloso», tal como había escrito en una carta a su hermana al salir del hospital.
Mr. Kimb piensa a menudo en su familia pero desde hace años no se atreve a escribirles. Desde luego jamás recibe una carta, puesto que no tienen dirección fija ni itinerario definido, pero se siente terriblemente culpable por no haber dado señales de vida durante casi seis años y le avergüenza la idea de volver a escribirles ahora. ¿Qué podría contarles? ¿Qué excusa les podría dar? No hay excusa que justifique seis años de silencio, desde luego. Pero lo peor de todo, lo que más le ahoga, es pensar en la forma en que sus padres interpreten su ausencia. Pensar que en Kiev lo dan por muerto no es plato de buen gusto, y a pesar de ello no se siente lo bastante valiente como para escribirles de nuevo.
También existe otra posibilidad, y es algo con lo que llevaba soñando varias semanas consecutivas. En sus sueños vuelve a casa y se encuentra con su madre, joven como siempre, como si no hubiese pasado ni un solo día. Está allí, en la silla de siempre, remendando un calcetín. Pero está llorando. Entonces se acerca a ella y la abraza y le dice: «Mamá, no llores, mira, soy yo, estoy aquí, siento no haber escrito todo este tiempo pero estoy bien, estoy vivo y he vuelto a casa». Pero su madre sigue llorando y al cabo de unos segundos le dice: «Ya lo sé, ya lo sé, es tu padre el que no está».
No consigue apartar la idea de su cabeza. En los treinta años que lleva fuera ha podido pasar de todo, y no haber tenido ninguna noticia de Kiev durante tanto tiempo supone la mayor tortura que pueda imaginar. Por eso ha vuelto a beber. Por eso se ha ganado unos cuantos enemigos alrededor, aunque no lo sepa. Dicen que estropea los espectáculos, que hace llorar a los niños, que Simmons, el director, no lo despide por lástima. Dicen que entra a la pista tambaleándose y apestando a alcohol, que olvida sus guiones, que no sonríe. No, no sonríe.
-¿Y no oigo llegar al señor Kimb? ¡Vamos a llamarle muy fuerte entre todos! ¡Señor Kiiimb...!
Se dirige a las cortinas y uno de los malabaristas le golpea con el hombro al pasar.
-¡Señor Kiiimb...!
Entra en la carpa tambaleándose y el público aplaude entusiasmado. Se marea. De repente no conoce aquel lugar, no sabe quién es ni qué hace ahí. Se acerca al señor Simmons, que permanece en el centro de la pista muy sonriente, mirando hacia él.
-No me hagas esto, Kimb -le dice Simmons al oído sin dejar de sonreír.
El señor Kimb intenta decir algo y se le nubla la vista. Sin saber si pierde la consciencia antes o después, cae al suelo.
Se oyen algunos llantos y entran otros dos payasos para llevárselo a rastras. Fuera no hace falta dar explicaciones, todos saben lo que hay que saber.
-¿Otra vez? -dice furioso uno de los zancudos.
-Este borracho va a ser nuestra ruina -murmura un trapecista.
Y uno de los domadores, el joven Gregory Penn, se acerca al señor Kimb, que permanece tirado en el suelo, y le golpea la cabeza. Después tira de las riendas de su elefante y le da una orden.

Algunas horas más tardes, todos declararían que el señor Kimb se había puesto violento cuando lo sacaron de la pista, y que su actitud había asustado al elefante, que trató de huir y le pasó por encima. Nadie acusaría al joven Gregory de haber ordenado al animal que le aplastara el tórax, aunque, con una expresión de verdadero horror e incredulidad, cada uno de ellos lo había visto con sus propios ojos.

martes, 2 de agosto de 2011

El cuervo

Lluvia incesante. La luna vigila. Todo el que tenga casa debería encontrarse ahora en ella, intentando dormir. En la calle hay disparos y gritos, coches que van a toda velocidad.
Droga. La mafia.
El cielo cae sobre la Tierra.
No se oye nada pero el suelo se abre. Un cuervo observa posado en una cruz de piedra. Una mano.
Los edificios arden, la gente rueda por el suelo, la mafia domina las calles. Todos tienen miedo por sus hijos. Qué vamos a hacer, dicen. Esto es una pesadilla.
Un hombre vuelve del otro lado. Es imposible, no se puede volver, dirá alguien. La tierra se abrió y de ella salió un hombre sin zapatos. Gritaba pero nadie lo oyó.
El cuervo se posa en su hombro, ahora es su guía.
Droga. La mafia. Asesinos.
Alguien encontró a Tin Tin con el cuerpo lleno de cuchillos. Ahora hay otro hombre que lleva su chaqueta. Sobre su hombro grazna un ave con las alas extendidas.
Esta noche es la noche del Diablo. Vamos a quemar la ciudad, quiero que provoquéis un incendio que puedan ver hasta los dioses. Pero esta noche ha vuelto Eric Draven. Entra en el viejo almacén... nadie oye nada.
Eric Draven convirtiéndose en una sombra. Eric Draven el fantasma. Es imposible, no se puede volver. Nosotros te tiramos por la ventana, nosotros te empujamos a la muerte... Pero Eric ha vuelto porque hay algo que debe hacer.
Esta noche es la noche del Diablo. El cielo da una tregua, no llueve eternamente.

domingo, 31 de julio de 2011

Cartas

Él dijo a ver cuándo me escribes, hombre, que te mando una carta todas las semanas y nunca me contestas.
Le dijo sí, a ver si saco tiempo y te pongo unas líneas.
Y a ver si me llamas, siempre te llamo yo para ver qué es de tu vida y nunca me cuentas nada, tengo que andarte preguntando por Marta y por los chicos, que parece que siempre que te llamo te pillo en mal momento.
Que no, no digas eso, no es eso.
Entonces qué es, nunca venís a verme, hombre, no os cuesta nada hacerme una visita, que no vivo en la Patagonia, estoy a veinte kilómetros, hombre.
Lo sé, ya lo sé, vale, ya iremos a verte cuando tengamos tiempo, Marta y yo estamos muy liados con el trabajo y no podemos, vale, ya iremos a verte.
Vale... Ven a verme un día, hijo, desde que no está tu madre...
Lo sé.
Vale.
Lo sé.

martes, 26 de julio de 2011

Inútil

De qué sirve enfadarte. El cambio depende de ti, aunque no siempre esté a tu alcance. Todo lo demás obedece la primera ley de Newton. Nada cambia, nadie cambia, la basura nunca empieza a oler bien de repente.
De qué sirve sacudirte las pulgas. Las hay a millones. Puedes quemarte o bañarte en ácido, pero nunca se irán. Puedes viajar diez mil kilómetros pero allí donde vayas también habrá pulgas, no te engañes, España es un país repugnante pero no es el único.
De qué sirve desear algo que no puedes conseguir.
De qué sirve envenenarte, sentir desprecio, odiar, soñar sin poder dormir, emborracharte, caerte redondo, vomitar sobre los zapatos nuevos.
De qué sirven los barcos si las velas están rotas y alguien se ha cargado al timonel.

domingo, 24 de julio de 2011

Cosas que me gustarían

Me gustaría...
...que no fuese domingo.
...dejar la mente en blanco.
...vivir lo bastante para leer todo lo que quiero leer.
...pasar las tardes en el cine.
...que se pusiera a llover de repente.
...poder ver sólo lo que quiero ver y oír sólo lo que quiero oír.
...cerrar los ojos y que media humanidad sencillamente desapareciera.
...morir de una sobredosis de M&M.
...ver morir a algunas personas.
...llegar a hablar bien el alemán.
...tener las narices para escribir las historias que tengo en mente.
...aprender a cocinar.
...no echarte de menos ahora mismo.
...no sentir esa sensación rarísima cuando voy solo en el coche.
...echar a volar y dejar atrás los problemas y las tonterías humanas.
...estar contigo en este momento.
Sencillamente.

miércoles, 13 de julio de 2011

Entrevista con A.

Salió en todas las noticias: su cara, su nombre, una grabación de cinco segundos en la que lo sacaban del furgón de la Guardia Civil a cara descubierta y que no dejaban de repetir a todas horas... No paraban de decir éste es el presunto asesino de tal, como diciendo quédense todos con su cara por si lo ven por ahí. Era un tipo joven, tendría treinta y pocos, alto, delgado, pelo corto. Y por supuesto, después de repetir cincuenta veces la toma del furgón, salían algunas vecinas diciendo era un chico muy normal, iba a trabajar todas las mañanas, me decía hola cada vez que me veía... Muy normal, o sea que no tenía cuatro brazos ni la piel de color verde ni nada.

Y en el bar decían ahí es donde tiene que estar, ahí se pudra, tú te crees que se le puede hacer eso a un ser humano. Y yo saboreaba mi café y pensaba está bien, así deben ser las cosas.

Pero días más tarde volvieron a hablar de él -llamémosle A.-, y se supo que la víctima había sido un antiguo compañero suyo del instituto. Al parecer éste no le había hecho la vida nada fácil a A., lo había torturado y humillado durante años junto a otros compañeros y esto le había causado, según los informes, graves daños y trastornos psicológicos. Por ejemplo, nunca había tenido pareja porque le suponía un enorme esfuerzo tratar con otras personas. También había sufrido episodios de agorafobia, crisis de ansiedad y trastornos del sueño. No podía optar a un trabajo para el que tuviera que salir de casa ni podía salir a hacer la compra, se la tenía que llevar algún familiar. Las continuas agresiones lo habían marcado tanto que no podía hacer una vida normal. Esto hacía que las cosas ya no fuesen tan sencillas.

Durante semanas estuve reflexionando en casa hasta que al fin tomé una decisión: consistía en tomar un tren e ir a visitar a A. Quería escuchar su historia, la de verdad, no la de la televisión.

Me recibió una mañana. Haciéndome pasar por estudiante de periodismo conseguí que nos dejaran celebrar la entrevista en un pequeño despacho vigilado. Insistí en que la vigilancia no era necesaria, pero aun así ordenaron a un funcionario estar presente con nosotros, lo cual me incomodó un poco porque pensaba que tal vez A. no sería del todo sincero o que evitaría mencionar determinados puntos, pero no fue así. En realidad se mostró muy agradecido conmigo por querer escucharle, y yo con él por aceptar contarme su historia. Nos sentamos en sendas sillas de cuero rojo, uno frente al otro, y yo saqué mi grabadora. Esto fue literalmente lo que dijo:

-Mira, no va conmigo lo de ir de víctima, yo sé lo que hice y sé que esto es lo que hay, que ahora tengo que pagar por ello. No es justo pero así son las normas. Un día dejas atrás el colegio, el instituto, todos esos años perdidos, toda esa porquería de exámenes y de que te metan seis, siete horas en una sala con treinta desconocidos que te dan asco; lo dejas atrás y piensas que eres un poco más libre, encuentras un trabajo que no es el trabajo de tu vida pero que te da para ir tirando. Ahí he tenido suerte porque a mí no me pidieron titulación ni historias de ésas, yo les demostré que sabía hacer ese trabajo y me contrataron, y encima me dijeron que podía trabajar desde casa. Pues qué iba a hacer, me da para pagar el alquiler y la comida, no me puedo quejar. Ahora eso lo perdí, claro.
»Cuando vine a vivir aquí pensé que ya había roto con mi infancia y que no tendría que aguantar más toda esa basura, pero dos años después de instalarme, cuando las cosas me iban bien, salí una tarde a la calle y vi de lejos a uno de los hijos de puta que me habían hecho la vida imposible en el colegio. Iba de la mano con su mujer y su hijo y yo los seguí con la mirada hasta que él sacó las llaves y entró en un portal, y yo me quedé con el número y la calle. Quedaba bastante cerca de mi piso.
»De todas formas intenté no darle demasiada importancia, yo no solía salir y cuando lo hacía era de madrugada, así que era improbable que nos encontrásemos.
»Pero los días siguientes me quedé en casa pensando y recordando y la idea de que estuviera cerca era como volver al colegio y volver a pasar por lo mismo otra vez. E intenté por todos los medios no recordar y distraerme con otras cosas, pero es que era imposible... me resultaba imposible. Y claro, un día tras otro, los recuerdos van saliendo a la luz y van haciendo presión, y ya hubo un momento en que no conseguía estar tranquilo ni siquiera en casa.
»Una tarde salí a dar un paseo para relajarme, aunque por lo general los paseos no me relajan en absoluto, y tuve la mala suerte de cruzármelo de frente. Él se paró en seco y se me quedó mirando pero yo pasé de largo. Sin embargo unos pasos más adelante me dio una palmada en la espalda y me llamó con el apodo con que me torturaban en el instituto, y al reírse, su cara quedaba tan cerca de la mía que su aliento me golpeaba en la mejilla, y entonces lo vi con la misma cara que tenía cuando yo lo conocí, como si no hubiera cambiado nada.
»¿Sabes esa expresión, perder los estribos? Es decir, cuando algo en lo más profundo de tu mente, como si fuera otra persona, te dice tranquilo, yo me encargo, relájate y disfruta del espectáculo. ¿Te ha pasado? Es como si te vendaran los ojos, o como si te sedaran y te despertaran cuando la función hubiera terminado, cuando ya no tuviera vuelta atrás. Recuerdo que cuando me pasaba en el instituto, al momento de despertar siempre me preguntaba: ¿qué ha pasado aquí? ¿Qué he hecho ahora? Y a veces había un chico en el suelo con la nariz rota y otras veces era yo el que estaba en el suelo. Pues el problema es que con el paso de los años esto empieza a no ser tan divertido, y cuando pierdes los estribos y tienes sobre los hombros el peso de todos esos años de instituto, esa otra persona del fondo de tu mente ya no se conforma con romper una nariz o un brazo.
»También es que la forma de pensar de una persona cambia a lo largo de la vida, es lógico. No puedes pretender que tu experiencia vital pase por tu lado sin afectarte de alguna forma. Y al principio lo que quieres es simplemente pegar a las personas que se meten contigo, porque no sé cómo serán otros casos pero a mí en el colegio no me hacían ni caso cuando denunciaba estas cosas. Siempre me decían es que eres una manzana podrida, es que no estudias ni dejas estudiar a los demás, te metes con todo el mundo, etcétera etcétera, pero a mí nadie me ayudaba. Es que era mucho más bonito mirar hacia otro lado y echarle la culpa al que no se va a defender, lo que no interesaba era abrir los ojos y que se viera que ahí había un problema.
»Bueno, pues el caso es que con el paso de los años vas viendo que es que aquí nadie te va a ayudar y que si quieres solucionar un problema tienes que hacerlo tú mismo, y el que piense que estamos en un país justo está muy equivocado. No es un país justo en absoluto, y te explico por qué.
»En las noticias sólo hablan de que soy un asesino, de que el pobre hombre ya tenía su familia y había hecho su vida, que era un hombre muy bueno y que esto y lo otro. Es que eso es lo que vende, lo que desde luego a nadie le interesa es que si lo maté fue porque me había jodido la vida, y a eso es a lo que no hay derecho.
»Y la gente dice de eso ya ha pasado mucho tiempo, eso eran tonterías de niños, etcétera, pero esa gente no entiende la mitad de la película, es que si no has pasado por eso no sabes lo que es. Nadie sabe realmente lo que es sufrir una persecución durante años sin que nadie te ayude y que encima te echen a ti la culpa, te sientes impotente, te quieres morir. Claro, luego te deprimes y lo que dicen es que eres un vago y que no quieres estudiar. ¿Y qué haces? Es que lo que vende es que tú te has cargado a un tío y que eres un asesino y ya está, porque así la gente puede salir a la calle y escupirte e insultarte cuando sales del furgón policial, pero lo que a nadie se le ocurre pensar es que detrás del crimen había unos motivos, ¿comprendes?
»¿Pero qué esperaban? ¿Por qué iba yo a olvidar, porque ha pasado mucho tiempo, como dicen por ahí? ¿Y qué con eso, es que el mal no está hecho igualmente? Yo creo que el odio es el sentimiento más noble del mundo. Es un veneno muy fuerte, es cierto, pero nunca te abandona, te acompaña durante toda tu vida y es lo que luego te da la fuerza para hacer justicia, que es lo que he hecho yo, ni más ni menos.
»Además, que no me vengan con historias, alguien que sólo vive para hacer daño a los demás y que sólo sabe ser una carga para la sociedad no tiene lugar aquí. Yo soy un hombre pacífico, me considero un hombre tremendamente pacífico. Claro, no salgo de casa, ¿qué quieres?, no me meto con nadie, no hago daño a nadie. Pero si hay un problema tienes que solucionarlo. Cuando una cucaracha entra en tu casa, ¿qué haces, le das de comer o simplemente le das un pisotón? Nadie quiere vivir en una casa con cucarachas, no nos importa matarlas porque consideramos que su vida no vale tanto como la nuestra. Es curioso, ¿no? Y entonces ¿cómo pueden intentar hacerme creer que la vida de esta persona a la que ahora los medios de comunicación han convertido casi en un héroe valía lo mismo que la mía, si él no era más que un estorbo, un parásito repugnante, y yo me limito a vivir mi vida lejos de todo el mundo y sin hacer ningún daño a nadie? ¿Cómo pueden tener el mismo valor su vida y la mía? Para mí él no era más que una cucaracha que se había colado por la rendija de la puerta, y yo hice lo que habría hecho cualquiera en mi lugar si hubiera tenido una zapatilla en la mano.
»Pero esto es lo que hay, ahora toca aguantar los años que dure la pena viendo por la tele que soy un asesino sin escrúpulos y que el otro era un pobre hombre que no tenía culpa de nada. Las cosas son así, no puedes hacer nada...

Sin darme cuenta me había quedado hipnotizado. Como decía él, era como si me hubieran tapado los ojos o me hubieran sedado y después me hubieran despertado al final de la entrevista. Vi que se le estaban humedeciendo los ojos, así que pensé que era el momento de dejarle en paz. Pulsé el botón de stop de la grabadora y me levanté muy despacio, sudando por el calor que hacía en el despacho. Quise darle un abrazo pero no me pareció apropiado y simplemente le estreché la mano, le agradecí su tiempo y salí por la puerta con la misma sensación que si me hubieran dado un puñetazo en el estómago.

jueves, 7 de julio de 2011

Un loco tocado de la maldición del cielo

Un loco tocado de la maldición del cielo
canta humillado en una esquina;
sus canciones hablan de ángeles y cosas
que cuestan la vida al ojo humano;
la vida se pudre a sus pies como una rosa
y ya cerca de la tumba, pasa junto a él
una princesa.

Leopoldo María Panero, "Poemas del manicomio de Mondragón"

lunes, 4 de julio de 2011

Crimen y castigo

He encontrado en YouTube una de las muchas películas basadas en la novela Crimen y castigo. Si bien es cierto que de Dostoievski sólo conozco Memorias del subsuelo y algunos de sus cuentos, la pequeña parte de su obra que ha llegado a mis manos ha servido para despertar en mí un profundo interés, y entre aquellas de sus novelas que tengo marcadas como pendientes de leer antes de morir se encuentra ésta.

Personalmente me resulta difícil comprender el inglés hablado, pero, por el fragmento que he visto, se pueden entender los diálogos por el contexto sin mucha dificiltad y, desde luego, aquellos que tengan más soltura con el idioma pueden encontrarla muy interesante.




lunes, 27 de junio de 2011

Despertares

Le pasó como en aquella película, Despertares. Hasta entonces había estado caminando cabizbajo y sin pronunciar ni una palabra, arrastrando los pies y con la mirada perdida, como si no tuviera sangre en las venas. Y de repente se empezó a oír esa canción por todas partes, esa canción que nadie sabía de dónde venía pero que todo el mundo se detuvo a oír, mirando hacia arriba como si viniera del cielo, y las parejas cogidas del brazo se paraban al mismo tiempo y se quedaban escuchando. Y era muy curioso, porque, mientras el resto de la gente se detenía, él empezaba a sentir la sangre corriendo de verdad por sus venas, sus pupilas se dilataron y su corazón comenzó a latir mucho más rápido; levantó la mirada del suelo y cuando lo miré estaba sonriendo, y echó hacia atrás los hombros y se puso a caminar al ritmo de la música, y lo más extraño tratándose de él es que empezó a hablar y hablar y hablar y a entablar conversación con cualquiera con quien se cruzaba aunque no lo hubiera visto en su vida ni lo conociera de nada, y les decía qué día tan bueno hace, no le parece, e incluso les preguntaba por la familia o les decía qué perro tan bonito, cómo se llama, y se ponía a acariciar a Fluffy o a Pongo o a Linda y a jugar con él o con ella, y pronto se vio presa de una verborrea incontrolable y empezó a sentirse mal y a dolerle el corazón porque le latía demasiado rápido y se sentía demasiado alegre, y entonces le dio por pensar que prefería esos momentos suyos de tranquilidad en los que no era tan extrovertido y en los que no se sentía culpable o temeroso como ahora por estar alegre, porque pensaba que los momentos como aquél tenían un precio y que probablemente llegado el momento no podría o no estaría dispuesto a pagarlo...

martes, 21 de junio de 2011

Alfa Canis Maioris

Hablamos de las dos de la madrugada del primero de junio del año 1440. El capitán permanece de pie sobre el castillo de proa, oteando el horizonte del Oeste con su ojo derecho. Nada se ve, tan sólo el reflejo de la luna sobre el mar embravecido, difuminado por la niebla que ya los acompaña desde el decimonoveno día de su partida de no importa qué puerto europeo. La nave avanza a vela llena sobre olas de varios metros que tratan de devorarla, y en uno de los salvajes abordajes cae un hombre al agua sin que nadie pueda ayudarle. Las órdenes son mantener las velas largas pase lo que pase.

El capitán es el único que lleva el cuerpo en jarras. Cincuenta y tres años en el mar le han enseñado a bailar con él y a anticiparse a cualquiera de sus movimientos. Y le está agradecido, ha tenido que pagar un bajo precio: mientras gran parte de su tripulación carece de hasta dos extremidades completas y un ojo o una oreja, señal de las peligrosas rutas que recorren, él sólo ha perdido su ojo izquierdo. -¡Avante, a toda vela! -grita-, ¡aunque ese viejo borracho de Scott no se vea los pies con su catalejo de latón, yo os digo que hay tierra a la vista!

Lleva quince minutos gritando eso mismo, y su voz se alza sobre el rugido del mar al caer sobre la cubierta. Hasta ese momento, sólo dos marineros montaban guardia, pero cuando salió de su camarote como una flecha y dispuso apagar los faroles y ordenó al piloto desviarse quince grados a estribor, tanto los marineros que dormían en las hamacas de proa como los oficiales que se alojaban en los camarotes de popa salieron a cubierta como si se hubiera dispuesto zafarrancho de combate y se quedaron esperando órdenes. Esto confirmó la creencia común de que el capitán dormía apenas dos o tres horas al día y que el resto de la noche se la pasaba en su camarote revisando mapas, haciendo anotaciones en su cuaderno o mirando por las ventanas.

-¡Avante, avante! -grita, porque jura que ve claramente un faro muy luminoso no lejos de allí, una intensa luz que a su entender señala la costa de alguna isla que inexplicablemente no figura en los mapas ingleses pero que sin duda ya han descubierto los españoles o tal vez los portugueses. El viento golpea con furia las velas y el bauprés parece la lanza de un valiente caballero medieval que cabalga hacia su enemigo con decisión y sin titubear.

Y en un momento todo desaparece: la nave acelera rápidamente y comienza a dar vueltas alrededor del palo mayor, casi toda la tripulación cae al agua, las velas se rompen y el trinquete se quiebra cayendo a babor y rozando la cabeza del capitán, que se agarra a él con todas sus fuerzas, mientras el agua se traga poco a poco la embarcación, que comienza a desintegrarse. Entonces una ola gigantesca arranca el trinquete y arroja con él al capitán, y mientras Sirio parpadea en el cielo tan fuerte como el faro de una isla desconocida y lejana, barco y tripulación caen hacia ninguna parte por el borde occidental del mundo.

viernes, 17 de junio de 2011

La quién

Algunas noches aparecía de repente en mi sala de estar, descalza y vestida con una camisa de cuadros y con el pelo alborotado, con cara de no haber dormido bien o el tiempo suficiente. Arrastraba entonces los pies hasta el sillón que hay junto a la ventana y se dejaba caer sobre él como una piedra sobre un estanque, rompiendo el silencio y la tranquilidad en que mi apartamento solía estar los sábados por la mañana. Después, tras unos minutos, me pedía en voz baja un vaso de whisky de ése que siempre tenía sobre el aparador, sin importarle que en ese momento estuviese leyendo o trabajando y necesitase concentración. Parecía no preocuparse nunca por resultar una molestia o por no ser bien recibida en ese momento, o tal vez es que no se daba cuenta de ello. Por otra parte, tengo que admitir que quizá parte de la culpa fuera mía, porque nunca le dije claramente que necesitaba estar solo; al contrario, había en su voz una extraña fuerza que siempre me impulsaba a complacerla en todo cuanto me pidiera. De modo que, si me encontraba redactando un informe o haciendo cuentas, dejaba la máquina de escribir o el lápiz y me levantaba de inmediato para llenarle un vaso y alcanzárselo. Ella, para agradecérmelo, me miraba y me dedicaba una breve sonrisa. Entonces yo volvía a mi escritorio y continuaba con mi informe o reanudaba las cuentas donde las había dejado.

A cada sorbo parecía soltársele la lengua y encontrarse más animada y más despierta. Y cada vez que me encontraba en el punto más delicado de mi tarea, ella comenzaba un monólogo sobre los temas más dispares; a veces hablaba de la pobreza en África y otras veces sobre cantantes pop de los ochenta, o bien sobre literatura o poesía, gastronomía, botánica o cine. En una ocasión me contó que de pequeña estuvo tres años enteros encerrada en su habitación, sin comer ni beber, porque había discutido con su padre. Yo, claro, no la creí, ni creí nunca nada de cuanto me dijo, así que supongo que por eso conservé la cordura durante los cuatro años que duraron sus visitas. Lo peor de todo es que, mientras hablaba, movía la mano con tanta vehemencia que siempre derramaba la mitad del whisky sobre la alfombra, y, como no se podía lavar ni limpiar de ninguna forma, los restos de aquellos monólogos siguen decorando ahora la parte más bonita de mi sala de estar.

Nunca sabías cuándo iba a aparecer. No llamaba al timbre, ni siquiera era necesario abrirle la puerta. Algunas veces ibas a la cocina a por un vaso de leche y de repente la veías allí, en mitad de la sala de estar, de pie y a oscuras, totalmente inmóvil y en silencio. Entonces encendías una luz y ella te sonreía tímidamente, y luego se tiraba en el sillón junto a la ventana y su pelo de color de trigo caía por el lado izquierdo de éste hasta llegar al suelo, y tú te preguntabas cómo demonios ibas a decirle que se fuera o que no era buen momento porque querías adelantar trabajo. Ella no comprendía ese lenguaje ni hizo por comprender en ningún momento.

Un día, mientras trabajaba en un artículo que tenía que salir publicado en el periódico de la mañana, ella se acercó a mi escritorio, me quitó las gafas y me besó en el cuello. Entonces se las quité de las manos y le dije vete, tengo que terminar esto para dentro de unas horas. Vete de aquí, no me molestes, tengo mucho trabajo y no tengo tiempo para escuchar tus historias. Si no termino este artículo a tiempo, probablemente seré despedido, y este apartamento no se paga solo. Y entonces miré alrededor y ella se había ido, y yo recorrí toda la casa buscándola. Miré en la habitación, en el baño, en la terraza, en la cocina, debajo de las mesas... pero se había largado y entendí que se trataba de algo definitivo. Y traté de buscar un cabello suyo que se hubiera caído al suelo para probar que realmente había estado allí, pero no encontré ninguno, y examiné las manchas de la alfombra pero no pude demostrarme que no las hubiese hecho yo mismo alguna noche, y traté de encontrar su olor en el aire pero no recordaba cómo olía. Y entonces me pregunté qué clase de mujer se presenta en tu casa sin llamar a la puerta y desaparece sin hacer ningún ruido ni dejar huella de ninguna clase, y advertí en ese momento que ni siquiera sabía su nombre y que jamás había tratado de saberlo.

jueves, 16 de junio de 2011

El descubrimiento

Nos dirigimos a popa con las linternas casi apagadas y en medio de una espesa niebla, de manera que los marineros de guardia no habrían podido vernos a menos que hubiesen pasado por nuestro lado, y, puesto que habíamos planeado meticulosamente nuestra investigación, no ocurrió en la cubierta principal nada que nos pusiera en peligro en ningún momento.

Herr Blutmond caminaba a mi lado, ambos cuidándonos de que los faroles de dotación no nos delataran y advirtiéndonos mutuamente cuando debíamos agacharnos o escondernos. En un momento en que nos encontrábamos de cuclillas y quise observar mejor unas extrañas marcas regulares en la cubierta, grabadas muy probablemente a cuchillo, acerqué la linterna a su rostro y la luz anaranjada me mostró por un instante la enorme cicatriz que le dividía la cara desde la sien izquierda hasta el labio superior, y, lo que de día me parecía una cara amable, esa noche, visto desde aquella luz, se me antojó el rostro de un animal salvaje y siniestro.

Llegamos por fin a las escaleras que dan al alcázar y avanzamos hasta el palo de mesana, tras el cual se encontraban los camarotes del capitán y los oficiales, que permanecían tumbados en el suelo en la misma posición en la que habían sido encontrados la noche anterior porque ninguno de los marineros se había atrevido a tocarlos por temor a que aquellas muertes obedecieran a alguna clase de enfermedad contagiosa, como así resultó ser, según averiguamos más adelante.

Abrimos la escotilla y bajó él en primer lugar. Yo le seguí inmediatamente y, mientras bajábamos los escalones y en el momento de cerrar de nuevo la escotilla, sentí con tanta claridad su miedo como los latidos de mi propio corazón. Entonces, muy lentamente, fue aumentando la intensidad de su linterna hasta que la luz se empezó a reflejar en las cuatro paredes. Fue en ese momento cuando los temores que nos habían llevado a organizar nuestra pequeña expedición se vieron confirmados de la manera más terrible...